Delante de nosotros hay varias copas y ninguna botella visible.
No conocemos la bodega, la variedad, la procedencia, la añada ni el precio. Tampoco podemos dejarnos seducir por un nombre reconocido o una historia bien contada. Solo tenemos el vino: su color, sus aromas, su textura y nuestra capacidad para interpretar esas señales.
Resulta paradójico que llamemos cata a ciegas a uno de los ejercicios que más nos obliga a mirar.
Observamos, olemos, probamos, construimos hipótesis y escuchamos las interpretaciones de los demás. Finalmente llega el momento de arriesgar una respuesta.
Y quizá sea precisamente ahí donde empieza lo verdaderamente interesante.
Durante años, la cata a ciegas formó parte de mi preparación para los campeonatos de sumillería. En ellos hay que identificar vinos, ordenar conocimientos, justificar conclusiones y decidir bajo presión.
Me presenté por primera vez al Concurso del Mejor Sommelier de Catalunya y llegué a la final. El resultado me animó a volver. Regresé, volví a la final y quedé segunda.
Después sucedió otra vez.
Y otra.
Hasta siete veces.
Con los años, algunos compañeros empezaron a llamarme, con afecto y cierto sentido del humor, la eterna finalista. El apodo tiene algo de paradójico: ser eterna en un lugar que parece provisional.
El segundo puesto suele entenderse como una sala de espera. Una posición desde la que solo cabe mirar hacia arriba y pensar que, quizá la próxima vez, llegará aquello que falta.
Sería poco sincero afirmar que nunca quise ganar. Claro que quería. Quien dedica meses a estudiar, catar y ponerse a prueba desea escuchar su nombre al final.
Sin embargo, una clasificación se parece bastante a una etiqueta.
Resume una realidad compleja en muy pocas palabras: primera, segunda, tercera; ganadora o finalista. Ofrece información, pero nunca lo cuenta todo.
Del mismo modo que una etiqueta no contiene toda la verdad de un vino, un puesto tampoco puede explicar una trayectoria.
Los concursos me han dado disciplina, curiosidad y una razón constante para seguir formándome. También me han permitido compartir conocimientos, nervios y amistad con profesionales a quienes admiro.
La vida, entretanto, me ha enseñado que el oficio de sumiller es mucho más difícil de medir que una actuación de unas horas.
Durante demasiado tiempo hemos asociado al sumiller con la persona que recomienda y sirve vino en la sala de un gran restaurante. Es una de las expresiones más hermosas y exigentes de la profesión, pero no es la única.
Yo empecé a descubrirlo detrás del mostrador de una tienda.
Allí aprendí que alguien puede saber qué vino busca sin conocer las palabras para describirlo. Mi trabajo no consistía en corregir su vocabulario ni en demostrar todo lo que sabía, sino en escuchar, leer entre líneas y formular las preguntas adecuadas.
Detrás de cada petición había una comida, una celebración, un recuerdo o una persona a la que se deseaba sorprender. El vino correcto no siempre era el más prestigioso. Era el que encontraba su lugar en aquel momento.
En la restauración entendí que un maridaje no conecta solamente un plato y un vino. También conecta un instante.
Más adelante llegó mi faceta comercial. Entonces descubrí la distancia que existe entre la identidad de una bodega y la realidad de quienes tienen que recomendar, servir o vender sus vinos.
La actividad comercial puede parecer alejada de la sumillería tradicional. Para mí nunca lo estuvo. Visitar un restaurante, conversar con un distribuidor o acompañar a una tienda especializada exige conocer el vino, pero también comprender a la persona que tienes delante.
Actualmente desarrollo mi labor como wine educator y brand ambassador de Juvé & Camps. También aquí sigo sintiéndome sumiller.
Cuando presento un vino, mi voz no es solamente la mía. Debe representar la viña, a los viticultores, el equipo técnico, las personas que han participado en su elaboración, el tiempo de crianza y la historia de una familia.
Enseñar y representar una bodega no consiste en recitar un argumentario. Consiste en elegir aquello que ayudará a comprender a quien tenemos delante.
Quizá por eso me gusta pensar en el sumiller como un puente invisible.
Un puente entre la viña y la copa, entre quien elabora y quien bebe, entre el lenguaje técnico y la experiencia cotidiana.
Está presente, pero no necesita ocupar el paisaje.
La cata a ciegas nos lo recuerda con claridad. Cuando la botella está cubierta, desaparecen muchos de los elementos que condicionan nuestra opinión. Ya no vemos la marca, la región, la clasificación o el precio.
Tenemos que escuchar al vino antes de hablar por él.
También debemos convivir con la duda. Podemos equivocarnos y otra persona puede haber percibido algo que nosotros no hemos sabido ver.
Lo más enriquecedor no siempre es acertar el origen exacto de una botella. A veces está en el razonamiento compartido o en la mirada diferente de quien se sienta a nuestro lado.
Alrededor de unas botellas cubiertas pueden reunirse sumilleres, elaboradores, distribuidores, estudiantes y aficionados. Cada uno llega con una experiencia distinta, pero nadie tiene la respuesta escrita delante.
Quizá esa sea una de las cosas más valiosas que Ricardo ha construido en La Central: un lugar donde catar a ciegas no significa competir únicamente por acertar, sino aprender a mirar juntos.
También mi último segundo puesto terminó enseñándome algo parecido.
En el último concurso, en Girona, después de volver a quedar segunda, recibí una ovación que todavía hoy me emociona al recordar. Durante unos segundos dejé de pensar en la clasificación. Sentí que aquel aplauso no hablaba del concurso de ese día, sino de todos los años anteriores. No celebraba una victoria. Reconocía algo mucho más difícil de medir: la constancia, la trayectoria y el compromiso con una profesión.
Aquel día comprendí que mi relación con los concursos también había cambiado. Ya no necesitaba seguir midiéndome de la misma manera. Había llegado el momento de dedicar esa energía a otro reto: contribuir al crecimiento de la profesión desde un lugar diferente.
Había llegado el momento de mirar alrededor.
Decidí cerrar mi etapa en los concursos para asumir la presidencia de la Associació Catalana de Sommeliers. Pasaba de competir dentro de la profesión a trabajar para ella: para su formación, su visibilidad y el reconocimiento de todas las maneras de ejercerla.
Una botella cubierta nos invita a mirar más allá de la etiqueta.
Un segundo puesto puede enseñarnos a mirar más allá de una clasificación.
Y una trayectoria profesional ayuda a mirar más allá de las definiciones que limitan un oficio.
En una cata a ciegas, acertar importa. También importan el razonamiento, la escucha, la humildad y todo aquello que descubrimos cuando finalmente se retira la funda de la botella.
A veces el nombre confirma lo que habíamos pensado. Otras veces desmonta nuestras certezas.
Tal vez por eso seguimos catando a ciegas. Porque, mucho antes de reconocer un vino, aprendemos a reconocer nuestros propios límites.
Anna Casabona
Sommelier, wine educator y brand ambassador de Juvé & Camps
Septiembre de 2026