—Vale, tú vete para arriba, no mires, y cuando vuelvas tendrás un vino puesto en la copa negra.
Música para mis oídos.
Aún hoy puedo revivir la emoción que sentía cada vez que un compañero en Monvínic conjugaba esas palabras mirándome a los ojos. Formaba parte de nuestro ritual. Ocurría habitualmente después de la cena de personal y antes de la primera reserva, en ese breve intervalo suspendido entre la calma y la exigencia. Bastaban unos segundos para que algo cambiara: una descarga de adrenalina, una sonrisa cómplice, una sensación compartida de estar a punto de entrar en territorio sagrado.
De los casi cinco años que tuve el privilegio de formar parte de aquella barra, creo no equivocarme al decir que Sergi Bernet fue la última persona en pronunciar esa frase. Aún resuena.
La cata a ciegas es, probablemente, el ejercicio que más nos cautiva a quienes habitamos el mundo del vino con verdadera devoción. Es un desafío íntimo. Un espacio donde el catador se enfrenta a sí mismo armado únicamente con su conocimiento, su experiencia y su memoria sensorial. Un intento, en parte noble y en parte inevitablemente humano, de poner orden en el misterio.
En las primeras etapas, el impulso natural es perseguir descriptores. Nombrar lo innombrable. Construir inventarios de aromas cada vez más precisos, más exóticos, más improbables. Sin embargo, con el tiempo ocurre algo inesperado. La complejidad deja de buscarse en la acumulación y empieza a revelarse en la estructura. La atención se desplaza. Ya no se trata tanto de qué huele el vino, sino de cómo está construido. La acidez, la textura, la densidad, la persistencia, el equilibrio. Elementos objetivos, medibles, verificables. Elementos que hablan.
No puedo evitar recordar una frase de Frédéric Chopin que resume con precisión esta evolución natural:
“La simplicidad es el logro final.”
Después de explorar todas las posibilidades, es la simplicidad la que emerge como forma superior de comprensión.
Identificar la variedad produce una satisfacción serena, cercana a la sensación del deber cumplido. Reconocer la región, sin embargo, despierta algo distinto. Hay en ese momento una emoción más profunda, más íntima. Como recibir aquel mensaje que llevábamos tiempo esperando. En los catadores más contenidos, apenas se dibuja una sonrisa —leve, enigmática, casi imperceptible—. En los más expresivos, la alegría se manifiesta sin reservas. Pero cuando la deducción alcanza también la añada, y más aún el productor, el silencio que sigue adquiere otra densidad. No es celebración. Es reconocimiento.
Con el paso del tiempo, sin embargo, uno comprende que acertar el origen es, en cierto modo, anecdótico. Lo verdaderamente importante es comprender el vino. Identificar los factores que han dado forma a su personalidad. Entender las decisiones, las condiciones, los equilibrios. Traducir su lenguaje. Argumentar su estilo. Juzgar su calidad.
Ese es el verdadero propósito.
Y, paradójicamente, es también entonces cuando la emoción crece. Porque despojado del ego y de la necesidad de acertar, el vino recupera su función esencial: dar placer. Acompañar. Crear memoria. Recordarnos, como decía Pau Donés, que todo depende de cómo se mire.
La añada, durante mucho tiempo, fue para mí un territorio esquivo. Un gesto casi simbólico, más propio de competiciones y exámenes que del ritual cotidiano. Últimamente, sin embargo, he encontrado consuelo en un enfoque más humano: considerar varias posibilidades plausibles e ir descartando con honestidad. No como un acto de adivinación, sino como un ejercicio de comprensión progresiva.
En cuanto al productor, confieso que hay ocasiones en las que la única respuesta honesta sigue siendo la misma que cantaba Ella Baila Sola: lo echamos a suertes.
Desde sus inicios, la actividad de La Central ha seguido una trayectoria ascendente, constante y deliberada, como el Bolero de Ravel. En ese movimiento progresivo, la cata a ciegas ha ocupado siempre un lugar central. No como un desafío puntual, sino como una práctica sostenida en el tiempo. Una forma de afinar el criterio, profundizar en la comprensión y mantener intacto el compromiso con el conocimiento real del vino. Un gesto repetido, una y otra vez, hasta convertirse en parte esencial de nuestra identidad.
Porque, en el fondo, la cata a ciegas no es un ejercicio de adivinación.
Es un ejercicio de escucha.
Escuchar simplemente lo que el vino tiene que decir.
Y aprender, con el tiempo, a responder con la misma sencillez.
Salud.
Ricky