El sábado pasado, en un intento por silenciar la siempre insatisfecha voz de la productividad, me puse a organizar la ropa de verano. Trataba de evitar, por una vez, el recuerdo de la bodega de mi suegro al ponerme el primer polo con la llegada del calor. Falto de inspiración, mientras doblaba camisetas pensaba en qué escribir para la newsletter de este mes. 

Antes de mi partida a Vietnam, organicé una cena de despedida con gente del sector. Inesperadamente, mis estimadas Vicky y Marga me regalaron una camiseta con una inscripción que, aquel día, me dejó reflexionando tanto como este sábado al volver a encontrarla. Esa frase ha sido la musa de este artículo. 

Different is cool. 

Aquella noche reuní a un puñado de personas que me marcaron a lo largo de mi camino en el mundo del vino en Barcelona. Como no podía ser de otra forma, cada uno trajo una botella para hacer una cata a ciegas durante la cena. Me resultó curioso que muchos no se conocían entre sí. La disparidad de estilos y filosofías en cada botella era tan acentuada como las personalidades reunidas en esa mesa. 

Había grandes clásicos que reconfortan el alma con su profundidad y aristocracia. También vinos naturales extremos que expanden los límites y obligan a replantearse todo. Propuestas valientes e innovadoras ejecutadas con precisión y rigor. Recuerdo incluso un vino rosado sencillo y popular que permitía entender las tendencias reales y el pulso del mercado. 

Sin embargo, mi intuición me alertaba de que algunos asistentes no estaban del todo cómodos con ciertas elecciones. Yo entendía perfectamente el trasfondo de cada presencia y simplemente disfrutaba del espectáculo. Ellos, al no conocerse, observaban con recelo aquello que se alejaba de sus propios códigos. 

Hace unos días leí sobre el síndrome de Procusto. 

En la mitología griega, Procusto, hijo de Poseidón, acogía viajeros en su hogar con hospitalidad ejemplar, ofreciéndoles descansar en su cama de hierro. Pero mientras dormían, comprobaba si sus cuerpos se ajustaban exactamente al tamaño del lecho. Si sobresalían, amputaba lo que excedía. Si no alcanzaban la medida, los estiraba a golpes hasta que encajaran. 

Procusto no toleraba la diferencia. Solo aceptaba aquello que se ajustaba a su medida. 

Hasta que un día, Teseo lo sometió a su propia ley. 

En la sociedad actual ocurre exactamente lo mismo. Desde pequeños aprendemos que, para ser aceptados, debemos encajar. El patito feo no era feo: era distinto. Y encontró su lugar cuando encontró a los suyos. 

Con el vino sucede lo mismo. 

Si te gustan los vinos naturales, no puedes beber vinos de grandes casas. Si prefieres los grandes clásicos, algunos te considerarán ajeno a la modernidad. Incluso entre profesionales, el gusto se utiliza como herramienta de juicio. ¿Eres de blancos o de tintos? Una pregunta aparentemente inocente que, a veces, encierra más de lo que parece. 

Oscar Wilde tenía razón. 

“Sé tú mismo, todos los demás ya están cogidos.” 

Refleja exactamente el tipo de personas con las que intento compartir momentos. Aquellos que se atreven a traer un vino rosado sencillo a una mesa de profesionales. Los que disfrutan de vinos naturales extremos, se emocionan con la profundidad de los clásicos o admiran la precisión de propuestas contemporáneas. 

¿Qué importan los gustos? 

Lo importante es la honestidad. La coherencia. La libertad de criterio. 

En LA CENTRAL se reunen vinos y personas de diferentes filosofías y opiniones en una misma mesa. Un espacio donde todos se miden con la misma vara. No se intenta recortar a los grandes, ni agrandar a los pequeños como hacia Procusto. Los desmelenados tienen la misma voz que los clásicos. Sin condicionantes, y donde se impulsa la premisa de Oscar Wilde. El espectador decide si tomar partido o simplemente disfrutar de la fiesta. 

Vivimos en un tiempo donde cada grupo golpea su identidad como si fuera la única válida. Sin embargo, la grandeza del vino reside precisamente en su diversidad. En su capacidad de contener visiones opuestas, sensibilidades distintas y caminos divergentes. 

Quizás lo más inteligente sea intentar comprender el trasfondo y disfrutar del espectáculo. 

No vaya a ser que te encuentres con algún Teseo. 

A mí me gusta la gente que destaca. Como aquella mesa. Como aquella camiseta. 

Porque, al final, ser diferente no es un defecto. 

Es una virtud. 

Different is cool. 

¡Salud! 

Ricky 

¡¡Compártelo con tus amig@s!!