“Aquel día, sin ninguna razón en particular, decidí salir a correr un poco. Corrí hasta el final del camino, y cuando llegué allí pensé que tal vez podía correr hasta el final del pueblo. Y cuando llegué, pensé: podría cruzar todo el condado de Greenbow. Y luego pensé: ya que he llegado hasta aquí, también podría cruzar el gran estado de Alabama. Y eso hice, crucé todo el estado de Alabama. Y sin ningún motivo, seguí corriendo y llegué hasta el océano. Y cuando llegué allí, pensé: ya que he llegado hasta aquí, podía dar la vuelta y seguir corriendo. Y cuando llegué hasta el otro océano, pensé: ya que he llegado hasta aquí, podía volver a dar la vuelta y seguir corriendo.”
Qué grande Forrest.
Recuerdo que su manera pura e ingenua de comprometerse con cada cosa que hacía, llegando siempre hasta el final con integridad, honestidad y ayudando a los demás, me magnetizó instantáneamente con apenas doce años. La película es una obra de arte de principio a fin. Sin embargo, incluso siendo un niño, hubo dos aspectos que me impactaron profundamente.
Por un lado, la energía de optimismo y esperanza en la escena en la que, tras atravesar experiencias intensas, un día cualquiera decide salir a correr durante 3 años, 2 meses, 14 días y 16 horas sin saber por qué. Pude percibir un trasfondo tan precioso como profundo.
Por otro, la ternura del enigma que plantea la contradicción entre el Teniente Dan Taylor, que cree que todos tenemos un destino, y su madre, que sostiene que flotamos por la vida como una pluma en una brisa.
He conocido a mucha gente que comienza en el mundo del vino exactamente así. Un día, sin ninguna razón en particular, el vino entra en tu vida y ya nada vuelve a ser lo mismo. Sin saber por qué, presencias una cata, descorchas una botella, o simplemente prestas atención. Y entonces florece una curiosidad intensa, dando comienzo a un camino apasionante, sin rumbo ni retorno.
Podría apuntarme a un curso para entender de qué va esto. Ya no hay vuelta atrás.
El proceso de aprendizaje es uno de los más estimulantes y placenteros a nivel intelectual. Implica construir capas de comprensión, integrando disciplinas que se entrelazan y revelan progresivamente sus conexiones, generando una sensación casi adictiva de descubrimiento.
Los inicios suelen estar ligados al arte y al placer hedonista. Entre catas y lecturas seductoras aparecen, dócilmente, la viticultura y la enología. Todo fluye. A medida que los sentidos se afinan emerge la geografía, y con ella la sensación de inmensidad.
Tal vez podría seguir un poco más para comprender mejor.
Aparecen la lógica y la estructura de la mano de la química y la microbiología. En la búsqueda de respuestas se agudizan las preguntas. El deseo de aprender crece, mientras disminuyen las opiniones precipitadas, reemplazadas por la conciencia de las propias limitaciones.
Quizás tenga sentido transmitir lo aprendido.
La comunicación y la enseñanza requieren otro proceso de aprendizaje, complejo y profundamente humano. No basta con saber: hay que hacerse entender. Requiere empatía, simplicidad y años de fricción hasta alcanzar la fluidez. Y entonces aparecen también los mercados, las barreras comerciales y el marketing.
Ya que he llegado hasta aquí, podría volver a empezar y comprenderlo todo desde otra perspectiva.
Y todo empieza otra vez.
La historia de LA CENTRAL conecta ambos puntos. Un día, sin ninguna razón en particular, emprendimos un proyecto sin saber por qué lo hacíamos. En realidad, creo que nadie lo sabía. Pero nos magnetizó desde el principio. Sentí que estaba cumpliendo mi destino.
Sin que nadie me dijera nada, sin necesidad de respuestas ni de seguir patrones establecidos, sentí que flotaba como una pluma en una brisa.
Lo que parecía no tener sentido comenzó a adquirirlo. Poco a poco, la gente se fue uniendo al camino. Presentaciones de bodegas y ponencias magistrales dieron paso a catas extraordinarias. El proyecto tomó forma desde la seriedad y el respeto, con una imagen cuidada y un compromiso absoluto con el origen y con el medio ambiente.
Tal vez se pueda ir un poco más allá.
Silenciosos vientos de cambio atraviesan las entrañas de LA CENTRAL. En los próximos meses habrá novedades que parecen escritas en el destino. O quizás todo simplemente sigue fluyendo, como una pluma en una brisa.
Vivimos tiempos de incertidumbre. Incluso la naturaleza pone a prueba al sector con calores extremos, sequías y heladas primaverales que mantienen a los productores en un equilibrio frágil.
El camino nunca es rectilíneo. La recompensa parece distante. Pero hay que seguir.
En los últimos tiempos hemos visto reaparecer la pureza y la integridad. Volver a lo esencial. Ayudar a los demás. Proyectos como este transmiten una energía de optimismo y esperanza que marca el camino.
Sinceramente, no creo que la recompensa esté al final del camino.
La recompensa es recorrerlo.
El camino del vino.
“Yo no sé si todos tenemos un destino, o si estamos flotando casualmente como en una brisa. Pero creo que pueden ser ambas cosas. Puede que ambas estén ocurriendo al mismo tiempo.”
Salud,
Ricky